Ausencias



—Te quiero.

Me dijo esa tarde de otoño.

Bebíamos un café mientras conversábamos, o más bien ella hablaba mientras yo miraba como las hojas rojizas se destilaban de su paisaje con gracia sobre el gris de los adoquines.

—¿Me escuchaste?

—Sí, te escuché. 

¿Pero qué se supone que diga? ¿Qué debo hacer o decir cuando no correspondo el dulce sentimiento?

Me pregunto entonces cuándo he correspondido algo como eso.


Despegué mi mirada del exterior qué admiraba con melancolía para observar el café que revolví con dejadez y el pucho entre mis dedos. Le di un sorbo, pero estaba frío. 

—¿Entonces…?

Su voz nerviosa buscaba respuesta con esperanza. Su cabeza se movió para buscar mis ojos perdidos.


Levanté la vista encontrando la suya.


¿Qué debía responder?


La densidad de la situación oprimía mi pecho, el transcurso pesado de los minutos, el silencio pinchando mi piel como el frío.

Se abrió a mí, mostró su corazón manchando sus manos cuando yo no podía manchar las mías.


Sus ojos lo comprendieron primero. Sus hombros le siguieron después. Su cuerpo se alejó un poco más de la mesa, de mí.

Buscó el calor y lo único que fui capaz de entregarle fue un frío profundo, y aunque fue sin querer, la vi morir un poco.

Hundió la mirada negra en su propia taza.

—Perdón. En realidad me gustaría corresponderte.

El viento de la tarde sopló con la firmeza necesaria para levantar el toldo sobre nuestras cabezas. Para ocultar su rostro entre sus rizos. Y antes de que este parase, tomó sus cosas y se levantó, casi yéndose con la brisa, susurrando el último adiós.


En realidad entendía su angustia, su dolor. ¿Cuántos últimos encuentros había yo vivido por no corresponder, por no sentir, por ser casi indolente? Y sin embargo, ¿cuántas personas habían entendido que no mentía al desear experimentar aquello tan preciado y puro?


Mi corazón se hacía pequeño cada vez.

Sobre todo en aquellas noches en las que me despertaba deseosa de aquel calor, sudando mis lágrimas, revolcándome con ansiedad en mi propia cama; anhelando la compañía de otro ser vivo por el cual manchar la plenitud de mi ser.

Pero solo me llenaba con preguntas.


¿Cómo era sentirse así?


¿Qué debía cambiar para sentirme así?


¿Debería corresponder igual?


¿Debía fingir…?


Se revolvían mis entrañas en aquella querencia imposible. El ferviente anhelo calentaba mi interior hasta que mi piel se sentía fría y ajena.


Porque, al final, yo quería lo mismo.


—Qué envidia… —dije para mi misma, llevándome el pucho a mis labios agrietados antes de aplastarlo en el cenicero.


Entonces volví mi mirada a los adoquines, a los árboles rojizos, a las hojas muertas, a las personas, a la vida de la cual me sentía tan ajena.





 Escrito en agosto de 2025

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